Me asomo por la ventana y me pierdo en el horizonte entre las nubes y los relámpagos que amenazan todavía con quedarse por un buen rato. Doy unos pasos hacia atrás y me tiro en el sillón; no hay sensación más linda que esa después de haber estado caminando durante varias horas. Ahora sí, un poco más relajada, intento cerrar los ojos en busca de ese instante en el que todo parece detenerse sin importar lo que pase alrededor.
Es curioso cómo el sentido de la vista domina nuestras percepciones por encima del resto de los sentidos y sin embargo, es el que más nos engaña y del que precisamos huir muchas veces. Tal vez por ser el más básico, el primordial, pero es a la vez es el que menos sentir ofrece. Tal vez por la propia intensidad con la que nos transmite las sensaciones anula a los demás sentidos cuando conviven, cuando actúan juntos. Y tal es el caso que cuando queremos sentir de verdad, profundamente, cerramos los ojos, para que las sensaciones visuales no alteren, anulen, oculten, contaminen, las percepciones del resto de los sentidos.
Es curioso cómo el sentido de la vista domina nuestras percepciones por encima del resto de los sentidos y sin embargo, es el que más nos engaña y del que precisamos huir muchas veces. Tal vez por ser el más básico, el primordial, pero es a la vez es el que menos sentir ofrece. Tal vez por la propia intensidad con la que nos transmite las sensaciones anula a los demás sentidos cuando conviven, cuando actúan juntos. Y tal es el caso que cuando queremos sentir de verdad, profundamente, cerramos los ojos, para que las sensaciones visuales no alteren, anulen, oculten, contaminen, las percepciones del resto de los sentidos.
Un suave escozor recorre mi cuerpo como una clara señal de que algo está por venir. Las imágenes desfilan unas tras otras acompañadas de esos recuerdos que uno suele guardar para siempre aunque por momentos parezcan olvidados. Son como esos perfumes que te trasladan en el tiempo y es como si volvieras a vivir aquel instante. Es todo muy raro, pero me gusta porque pareciera que volviera a vivir nuevamente.
En mis ratos de reflexión suelo preguntarme si esto que percibo es real o sólo es parte de un sueño. Si existe o no todo aquello que puedo ver, tocar, escuchar. Uno vive, quizá de forma inconsciente, en el inevitable estadio de la duda. Y uno ante la duda tiende a detenerse, a no avanzar, a sentirse completamente inseguro. Yo estoy entonces, situada en el límite entre la realidad y la fantasía. Un mundo desconocido tal vez, donde todo vale y donde nada es lo que parece. Un mundo en el que con solo abrir los ojos volvemos al presente.
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